martes, 13 de mayo de 2008

Odisea por un Amstrad. El desenlace

Aprovechando que el leve descenso del tanto por cien de inmundicias a las que me veo sometido últimamente (téngase en cuenta que no hago esta aseveración de corte científico más que para manifestar mi supremo desprecio contra todo tipo de ciencia no secular) me ha puesto de un humor más o menos aceptable, he decidido continuar mi “Odisea por un Amstrad” donde la dejé.

Decía que entré en una tienda de electrodomésticos donde se me trató de manera sumamente inaceptable, teniendo en cuenta mi comportamiento y dicción envidiables. Pasaré pues rápidamente sobre este episodio de vergüenza y decadencia moderna y simplemente diré que salí del antro inmundo con una negativa (al parecer ni siquiera venden ordenadores junto a lavadoras en este mundo odioso y falto de geometría) y con las manos tan vacías como había llegado. No me arreglaron el ordenador porque, según el viejo chocho que me atendió “allí de eso no entendían y que si quería un lavaplatos bien, pero que para máquinas modernas me fuera a un centro de electrónica”. Una vez más me veo obligado a poner de manifiesto las incongruencias de esta sociedad despreciable que tan pronto te deslumbra con su diabólica inventiva como te muestra sus infames y descaradas limitaciones.

Así pues, salí de la tienda de electrodomésticos y muy penosamente me avine a tomar un taxi para transportar el ordenador (carrito incluido) hasta el centro, lo que me permitió descansar mis potentes y cansadas piernas durante varios minutos antes de ponerme en marcha de nuevo. Al bajar del taxi lo primero que hice fue buscar un banco en el que aposentarme, y dado que no encontré ninguno me dejé caer en un portal y me comí un segundo bocadillo, para recuperar las fuerzas tanto físicas como morales. Al cabo de esta refrescante actividad pude retomar mi valiente odisea y me puse a buscar una tienda de electrónica.

Si el lector es avispado recordará mi primera entrada, donde haciendo gala de gran habilidad narrativa (leer basura moderna proporciona una gran perspectiva sobre el tato del suspense en la literatura, y al fin y al cabo por Internet sólo me van a leer incultos que necesitan esta clase de juegos narrativos para disfrutar de cualquier texto escrito) me atreví a adelantar algunos acontecimientos. Decía en aquella primera entrada que en la tienda de electrónica tampoco me ayudaron en un principio, pues el jovenzuelo descarado que me atendió aseguraba que mi Amstrad no servía para conectarse a Internet. Me indigné tanto que no pude menos que soltarle un discurso edificante y muy ilustrativo sobre la modernidad y sus contradicciones flagrantes, en el transcurso del cual cité varias veces a Boecio y una a Alfred Hitchcock, por lo del suspense (y no porque apruebe en lo más mínimo ninguna de sus películas, que son en su totalidad insultantes y faltas de buen gusto). El chico aprendió la lección y al acabar yo mi discurso casi me rogó de rodillas que le dejara mi Amstrad para arreglarlo. Incluso me vendió por muy buen precio un ordenador nuevo que, aseguró, sí me serviría para conectarme a Internet.

Así pues, como un auténtico pionero, ahora cuento con dos ordenadores de mi propiedad ambos en perfecto estado de funcionamiento. Y os preguntaréis: ¿cómo conseguiste, Ignatius, los portentosos conocimientos que te permiten manejarte por la web con tal gracia y sapiencia ejemplar? Eso es otra historia, así que será contada en otra ocasión.

Concluye aquí mi “Odisea por un Amstrad”, a las puertas de mi sesión televisiva diaria. Si es lo bastante inmundo el programa que vea publicaré una crítica más tarde. Si no, simplemente comeré.

Fdo. Ignatius J. Reilly, internauta pionero.

2 comentarios:

Mairena Ruiz dijo...

Asombroso, tus portentosos conocimientos me hacen asombrarme, maravillarme y rabiar de dolorosa envidia. Tal vez un día yo llegue a manejarme por estos mundos cibernéticos como tú, Oh, Gran Ignatius, adorador de Chotunos.

Anónimo dijo...

Me alegra que por fin hayas finalizado tu relato sobre el Amstrad, desde luego me tenías intrigada querido.

Pronto recibirás noticias mías...
Siempre tuya, Miss Minkoff