Mostrando entradas con la etiqueta Indignación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Indignación. Mostrar todas las entradas

martes, 3 de junio de 2008

La solución definitiva

La tediosa vida a la que mi madre me ha subyugado al desprenderme de mi preciado y consolador Amstrad puede empeorar ante la amenaza de una inminente incautación del engendro moderno que me mantiene en contacto con el mundo cibernético. Ya he escuchado un par de veces a mi madre hablando con el Agente Mancuso, ese degenerado que se supone vela por la ley y seguridad en esta corroída ciudad, para que se encargue de hacer el trabajo sucio y destruya mi principal fuente de asueto.

No obstante, mi superior inteligencia ha diseñado un plan para evadir los constantes arrebatos de ira materna. Una benevolente página web, No puedo creer que lo hayan inventado, me ha iluminado y creo haber hallado la solución: El Ordenador-Microondas.

Este ingenioso invento de alguna mente perturbada a la par que genial, no sólo me permitirá continuar ilustrando a los lectores del presente blog (sé que se ha convertido en un rito imprescindible para vosotros) si no que me permitirá evadir los ataques de mi vieja madre, alegando quizás que me he convertido en un gourmet de la cocina moderna, a pesar de que considero el microondas un invento poco geométrico.



sábado, 31 de mayo de 2008

Las películas musicales

Como mis ingresos son limitados, y el cine -como la prensa- es demasiado indecente como para que invierta demasiados de mis mermados recursos en él, a veces para seguir siendo un crítico implacable de la modernidad, me veo obligado a conseguir ver películas gratis. Unas veces viéndolas por la televisión y otras veces en proyecciones públicas. Así, en una proyección de una especie de lugar de encuentro de jóvenes ociosos y pseudointelectualoides y amantes (puaj) del cine es como he conseguido ver un gran engendro: Cantando bajo la lluvia.

Llevaba mucho tiempo queriendo ver este musical, considerado de los mejores, para poder reafirmar mi tesis de que si el cine es detestable, hay uno de sus subproductos que lo es todavía más: las películas musicales. Y nunca habría pensado que se pudiera hacer una tan aborrecible como ésta, ya que es una película musical que habla del mundo del cine. Era imposible crear un producto con menos decencia. La historieta va de un tipejo que actúa en películas de cine mudo con una supuestamente guapa pero tonta actriz. El nacimiento del cine sonoro le permitirá hacer películas musicales y encontrar su amor verdadero en la figura de una descarada jovencita.

Todo este argumento simplista, que contiene la mayoría de los peores valores de esta modernidad insufrible (codicia, lujuria, ansia por el éxito…) va aderezado con unas canciones y unos bailes insufribles, con un humor zafio, que desató las risas de la mayor parte del público, acostumbrado a entretenimientos de poca enjundia. Un público carente de decencia, y que protestó de forma muy desagradable ante mis razonables quejas provocadas por la bajeza de lo que veía en la pantalla y por el estado de mi válvula. Misteriosamente, su actitud se suavizó cuando entre mis contestaciones a sus ofensivas palabras les recordé que, según el aviso que se había visto al principio de la película, una proyección pública como la suya era de dudosa legalidad.

La conclusión más valiosa a la que llegué esa tarde es que la humanidad dio un paso atrás cuando inventó el cine, y dio cinco pasos atrás cuando lo hizo sonoro y permitió que los actores cantaran y hablaran.

Ignatius J. Reilly, crítico implacable


jueves, 29 de mayo de 2008

¿Por qué dan la nacionalidad americana a británicos indecentes?

Espero que el poco avispado pero fiel lector me perdone por estar tan poco activo estos días, pero a raíz de mi crisis enfermiza (la venta de salchichas es cada día un negocio más arriesgado) no he tenido ganas de hacer gran cosa. Ya he vuelto al trabajo, pero a parte de partirme la espalda vendiendo productos Paraíso y detestar más a cada segundo esta hórrida modernidad, no hago más que ver la televisión.

Gracias a esto me he enterado de que le han dado la nacionalidad americana a un escocés indecente que desde hace tres años o así contamina las horas tardías de la programación con sus chistes soeces y su humor chabacano. No es que yo apruebe ninguna forma de humor, porque una vida recta ha de ser seria y solemne, consagrada a causas elevadas que trasciendan la vana humanidad, tan pestilente, pero por supuesto aborrezco unas formas de humor más que otras. Os dejo una muestra de la indecencia de este caballero, que encima presume con irritante insistencia (incluso se atreve a decir que es norteamericano en español) de su recién adquirida nacionalidad, que para mí no es más que una prueba de que este país ha tocado fondo y es hoy más inmundo que nunca.

Espero que otros ciudadanos se sientan tan indignados como yo ante este atropeyo y me ayuden a recaudar firmas para devolverlo a su país de origen, que aunque monárquico, está abocado a la destrucción y la repugnancia por su humor homoerótico, escatológico y mundano. Ojalá la Reina de Inglaterra tuviera poder para poner a estos sujetos donde se merecen: bajo tierra y a buen recaudo.

Fdo. Ignatius J. Reilly, radical defensor de la decencia y el buen gusto.

miércoles, 28 de mayo de 2008

Noche de alegría

Lectores:

Como pueden suponer, he recuperado mis dos ordenadores, y aprovecho que mi madre está Dios sabe dónde -no quiero pensarlo- con ese jubilado indecente, para escribir en esta suerte de diario electrónico.
Mi trabajo -del que no hablaré hoy-, la ingrata Fortuna, el estado paranoico de mi progenitora, la ausencia de reparadoras jornadas jugando a los videojuegos, y mi válvula, que obstinada, se niega a abrirse, van a acabar conmigo.
Ni bucear en los rincones más turbios y perturbadores de Internet, ni la crítica implacable de toda la inmundicia cinematográfica, hipertextual, televisiva, literaria y musical que se cruza por mi vida; sirven para que mi inquieto espíritu descanse.
Sólo hay algo en lo que todavía encuentro sosiego: en las páginas de Boecio. Por eso, esta noche voy a llevar a cabo una cura para mi debilitada psique: sumergirme en varias ediciones de La Consolación de la Filosofía y compararlas para ver cuál es más fiel a la original.
Esta será una noche de alegría.
Ya les contaré cómo ha ido mi cura.

Ignatius J. Reilly, amante de la filosofía medieval




domingo, 25 de mayo de 2008

El barrio francés

Lector:

Me encuentro en un estado depresivo, y con la válvula negándose a abrirse, las cosas no me pueden ir peor. Ya ni la televisión me consuela, sólo hallo un poco de reposo en Internet y por supuesto, en las páginas de Boecio.
El resentimiento y la envidia de mi jefe ante mi augusta persona, la grandeza de mi psique y de mi visión del mundo no hacen más que aumentar. Ha buscado una nueva forma de empequeñecerme, una completa depravación, me ha mandado a trabajar al Barrio Francés, la zona de esta terrible ciudad que es Nueva Orleans que más vicios y aberraciones humanas alberga. No es un lugar adecuado, evidentemente, para un joven recto y de buenas costumbres como yo. Por eso, y nada más llegar esta mañana al terrible lugar, tuve que comerme tres salchichas para soportar la impresión. Luego elevé una discreta oración a San Mederico Ermitaño, al que se invoca por los trastornos intestinales.
Medité largo rato sobre esta angustiosa situación en la que Fortuna me ha puesto, y pensé que quizás este barrio me proporcionará la posibilidad de llevar a cabo una cruzada por el buen gusto y la decencia, y por la geometría y la teología; y así pueda desbancar a Myrna de su pedestal de ignorante pedantería pseudo-revolucionaria.
Pero ahora me voy a dormir, lectores, mañana me espera otro día duro en las calles de este insufrible lugar. Y para que se hagan una idea de cómo es, les dejo un vídeo que he encontrado. Les aseguro que no me pasará lo que le pasa al cantante.

Ignatius, triste chico trabajador



sábado, 24 de mayo de 2008

La Caja Infame

A raíz de mi nueva condición de objeto de mofa y burla por culpa del uniforme de Vendedores Paraíso, Incorporated, me he sentido últimamente algo más enfermo de lo normal. La válvula se me cierra a menudo, estoy tan cansado que mis 13 horas de sueño diarias no son suficientes y me he visto obligado a ampliarlas a 16, y los ojos me duelen de vez en cuando, sobretodo después de mis cada vez más dilatadas sesiones televisivas. Para colmo, mi viejo explotador ha notado la mengua de bocadillos de salchicha y me ha amenazado con despedirme, con lo que ni siquiera puedo calmar mis penas con la diligente medicina de productos Paraíso. Es evidente que la rueda de la Fortuna desciende en picado para mí. Hoy no he tenido más remedio que quedarme en casa porque la válvula no me dejaba vivir, así que, hacendoso como soy, he dedicado mis valiosas horas de descanso a la dolorosa tarea de analizar el panorama televisivo. Tras 8 horas ante esa caja infame repleta de residuos culturales, banalidades initerrumpidas y escombros detestables, he acabado por concluir que la televisión es uno de los males de nuestro tiempo y debería desaparecer.

He notado que algunos programas en concreto se llevan casi todo el protagonismo en el panorama televisivo actual: series, los llaman, aunque distan mucho de ser esos productos culturales que antaño nos mantenían semana tras semana pegados al televisor, por aquel entonces no tan desagradable. En mis ocho horas de exhaustivo análisis he podido ver alguno de estos engendros. Ya no se hacen series como las de antes. Ninguna de estas aberraciones pseudo-progresistas está a la altura de clásicos imperecederos tales como Bonanza, por poner un ejemplo. Ahora las series están plagadas de indecencias: sexo, violencia, sangre, enfermedad, traición... pero sobretodo sexo. Es absolutamente intolerable la bajeza de estos programas, que exhiben los más indignos instintos humanos como si debieran ser motivo de regocijo y diversión. Esta sociedad decadente me indigna cada día más.

Como todavía no he visto demasiadas series, hoy sólo voy a comentar una que me ha llamado la atención por su especial descaro y exhibición de mal gusto. Va sobre un doctor cojo con un nombre absurdo que se dedica a denigrar a sus pacientes y a hacer comentarios jocosos sobre toda hembra que cae ante su vista, lo que parece resultar muy divertido a los jóvenes de hoy en día. No es que este personaje en si sea del todo detestable, de hecho tenemos muchos puntos en común: el genio, la elocuencia, la perspicacia, el ingenio, el espíritu rebelde, la imponencia... pero me resulta del todo inadmisible que semejante ser, con tal potencial intelectual y geométrico, se dedique a manifestar abiertamente su desprecio por toda forma de teología y que destine sus horas muertas a jugar con máquinas de videojuegos (otro cáncer de la sociedad del que hablaré próximamente), a ver bazofia televisiva, a drogarse con calmantes (uno de los aspectos más odiosos de esta indignante creación es su obstinada y descarada apología de las drogas. Para ilustrarla he puesto la imagen que el poco avispado lector podrá observar en la cabecera, donde, con un descaro que raya en lo intolerable, se muestra al protagonista "nadando" en una bañera de droga juvenil y depravación) y a intentar curar a gente que, desde cualquier punto de vista, merece morir por su indecencia. Por otra parte, la constante exhibición de escotes y faldas cortas por parte de la directora del hospital me ha puesto tan nervioso que he tenido que apagar el televisor e irme a mi habitación. Los productores no tienen vergüenza.

Otro día hablaré de algún otro engendro que he visto por ahí. He notado que la gente iteligente sabe cómo piratear material televisivo para verlo en las pantallas de sus ordenadores... si aprendo a hacerlo, y os aseguro que dado mi intelecto privilegiado así será, podré dedicar más tiempo a mi tarea de crítico televisivo, ampliando las 8 horas de visionado a 12 por lo menos. En cuanto tenga a mi disposición toda la basura que hoy se emite y la haya visto, podré elaborar críticas más concienzudas. Esto me permitirá poner en su sitio a esta caja de pandora que es la televisión, que de ser tonta y enlentecer el pensamiento de los jóvenes, ha pasado a ser infame, y a deformar y estropear dicho pensamiento con indignante descaro. Mi ira les enseñará.

Fdo. Ignatius J. Reilly, intelectual con perspectiva

Horror laboral

Desde luego, Vendedores Paraíso Incorporated ha llegado al punto cúlmine de la explotación laboral que ejercen sobre su mejor trabajador: YO

Al informatizar su reducida base de datos y comenzar a recibir encargos de salchichas por internet, mi trabajo se ha multiplicado y he de desplazarme por toda la ciudad repartiendo pedidos a tipos de los más desagradables. Por supuesto, tan sólo llegan a su destino 1/100 hotdogs, el resto son debidamente engullidos por mi desalentado ser.

Pero mi terrible amo, ese salchichero apestoso se ha propuesto denigrar mi cuidada imagen y pretende que me ponga este nuevo uniforme que según él, aumentará las ventas de este negocio en declive

Les informaré de las luchas sindicales que he de ponerme a urdir, las estrategias para desmoronar imperios logísticos son mi especialidad.
Salvajemente, Ignatius.

jueves, 22 de mayo de 2008

Los autores muertos y el animal moribundo

Hoy les quiero ilustrar con un precepto fundamental: la literatura actual es pura bazofia. Yo, en mi ilustre biblioteca sólo tengo libros de autores que murieron hace 100 años como mínimo. No, lectores. No tiene nada que ver con la necrofilia, es que la única forma de asegurarme de que voy a leer un libro aceptable y decente es que su autor pertenezca a otros tiempos mejores que esta repugnante modernidad.

No obstante, y para que vean lo abierto de miras que soy, de vez en cuando cojo un libro moderno, del siglo XX, o incluso, horror, del siglo XXI. Este es el caso del último que he leído, The dying animal (El animal moribundo, para los que no están instruidos en la augusta lengua de Shakespeare), de un tal Philip Roth.
Con objeto del estreno de una película basada en la novela, recordé que en una carta, una de las infames recomendaciones de mi rival Miss Minkoff, había sido, precisamente, The dying animal. Busqué en Internet información sobre su autor, y leí que es uno de los más reconocidos por parte de la crítica actual. Debí haber desconfiado de su supuesta calidad al leer la información en ese invento maléfico que es la Wikipedia (con el que tuve problemas como recordará el lector avispado y fiel). No obstante, me dispuse a leer el libro, aunque sin abandonar mis habituales reservas, que en este caso, fueron más que justificadas.

The dying animal es un libro indecente y despreciable, y carente de geometría y de teología como pocos he leído. La representación de la relación entre un maduro profesor universitario y una joven estudiante no puede ser más desagradable, con excesivas descripciones de actos sexuales con superabundancia de fluidos, unas descripciones que me temo sólo pueden agradar a gente con mal gusto, a señoritas como mi eterna rival, que molesta constantemente a la gente decente con sus apologías de la menstruación y sus soflamas a favor de la actividad sexual frenética.
Atónito ante tal despliegue de erotismo exacerbado, y extraño para mí debido a mis ascéticas costumbres y a mi decencia, me vi obligado a leer el libro hasta el final, sólo para comprobar hasta qué nivel de degradación llegaba. Afortunadamente, el clímax de la inmundicia estaba hacia la mitad del libro, y no sufrí en exceso con el resto.

Lo único que puedo decir a su favor es que alguna descripción del cuerpo femenino resultó vagamente estimulante, y que el libro representa muy bien el nivel de bajeza que impera por lo general en esa institución terrible que es la Universidad, con la que tuve una relación conflictiva, ya que me proporcionó valiosos conocimientos, pero a la vez es uno de los lugares en los que he conocido más ignorantes y gente de mal gusto. Como la señorita Minkoff, que debería dejar de leer inmundicias y coger La consolación de la filosofía, como voy a hacer yo ahora para olvidar esta traumática novela de Roth y sus descripciones espeluznantes.

Hasta pronto, lector.

Ignatius J. Reilly, crítico implacable

miércoles, 21 de mayo de 2008

Fantasía abominable

Temo profundamente que mis constantes y, últimamente, cada vez más frecuentes arrebatos de ira, puedan llegar a sumergir este blog, que debería ser un fresco y chispeante reflejo de mi sapiencia, en una especie de tedio monotemático que pueda llegar a cansar al (poco avispado) lector. Pero aún así debo ser fiel a mis principios, a mi noble causa, que es la del hombre que ve la inmundicia que nos acosa y nos ahoga y se siente en su deber al tratar de erradicarla y desterrarla para siempre a donde ya no pueda sentirse su hediondo perfume. Por eso voy a hablarle hoy, poco lúcido pero apreciado (intelectualmente) lector, de la literatura fantástica.

No hay cosa más depravada, más deformante, más falaz y peligrosa que la literatura de fantasía. La literatura debería, según mi forma de entender este mundo indecente, ser guía y camino para los perdidos, ser el faro que nos lleve a buen puerto y nos permita seguir la vía de la rectitud, la decencia y la geometría. La literatura, pues, ha de ser veraz. El mismo concepto de "literatura fantástica" es ya un híbrido lo bastante horrendo como para que se nos permita mostrar, ante su mención cacofónica, la más profunda y explícita repulsa. Entenderá pues, lector (no muy atento), que deba yo, hombre de principios, denunciar la existencia de ciertas obras "de fantasía" que ensucian las ricas veredas de la palabra. Estas obras son El Señor de los Anillos y Harry Potter.

Me leí las dos sagas en dos días, repitiendo algunos de los pasajes para tomar las notas adecuadas y elaborar una buena crítica. Al término de dicha actividad, estaba tan próximo a la arcada, que tuve que comerme tres bocadillos de salchicha para poder recuperarme. No sé por donde empezar a mostrar mi indignación. Por una parte querría destacar el hecho de que todo cuanto se cuenta en estos libros es MENTIRA, y que si se lo han creído tienen todo el derecho a sentirse frustrados, furiosos y enajenados. Son libros perniciosos, que hacen apogeo de la brujería (el niño ese, Harry Potter... deberían cogerlo y enterrarlo donde nunca brille el sol, para que deje de perturbar a su pobre tío Vernon, hombre decente como el que más y un auténtico modelo de lo que debe ser un espíritu emprendedor, y a su tía Petunia, mujer de perfil y planta intachables) y de la herejía, y presuponen que en este mundo pueden existir seres tan deformes como los enanos o los orcos y pasearse por ahí. El hecho de que un señor bajito y arrugado pueda sentarse algún día a mi lado en el autobús me horroriza profundamente... ya no digamos si es verde. Estas cosas deforman la imaginación de los niños, engañan la mente de los adultos y trastornan la realidad. Deberían arder en la hoguera juntoa sus creadores.

En días como este, es cuando más hecho de menos el perfecto régimen medieval. Ah, Boecio, no desesperes. Algún día tu doctrina prevalecerá y recuperará su perdido esplendor. Hasta entonces, yo destaparé los vicios por ti. Pero ahora, si me lo permite el (no demasiado listo pero fiel) lector, debo dormir seis horas para recuperarme. La ira me cierra la válvula.

Fdo. Ignatius J. Reilly, defensor del orden teológico.

martes, 20 de mayo de 2008

Juzguen ustedes

Estaba organizando mi cuenta de correo electrónico cuando encontré un correo de Myrna de hace casi un mes en la carpeta de "correo no deseado", donde había ido a parar gracias a la decencia de Hotmail o a la intercesión de Fortuna, y de donde nunca tendría que haber salido.
Juzguen ustedes su contenido, que incluye la foto que ven. Juzguen ustedes, yo no diré nada.


Señores: Ignatius, hace unos días me acusabas de no haberme labrado un porvenir. Pues bien, esta es la prueba de que sí, y de que tengo un futuro brillante por delante como diseñadora. Lo que ves son unos modelos de ropa interior de inspiración sadomasoquista, realizados con lana virgen, pensados para ser cómodos, y también para hacer reflexionar (ya sabes, inspiración sadomasoquista, lana virgen…). Los venderán bajo el nombre comercial "Venus in wool", en la próxima campaña de Navidad de Ann Summers, una tienda que tú no conoces de momento, pero que te sería muy bueno conocer, te ayudaría a mejorar tu estancada sexualidad. Cuídate

M. Minkoff

Lectores, ahora voy a ocuparme con actividades más elevadas. Voy a seguir escribiendo la fantasía sociológica en la que estoy inmerso, una gran obra que contendrá verdades reveladoras sobre la cosmología actual y el modo en que vive la gente su identidad en esta sociedad vertiginosa y decadente.

Saludos

Ignatius J. Reilly

lunes, 19 de mayo de 2008

Lamento el hecho de que algunas personas existan

Ya lo predijo Rosvita en el año 1000 a.C en su magnánima leyenda de “Theophilus”, donde narraba la trágica decisión del joven archidiácono, que acaba por pactar con el diablo y su corrupto séquito para satisfacer sus apetitos intelectuales.
No, yo no seré tan desgraciado como para renunciar a la castidad y obediencia que ejemplifican mi caracter e iluminan a los hombre débiles que azotan la Tierra.
He de seguir el camino recto que me marque Filosofía, como Boecio, que en los peores momentos de su encarcelamiento le sirvieron de consuelo y aliento.

La Iglesia Evangelista americana que se muestra en el catártico film Jesus Camp no va a modificar mi moral. Ja, como lo conseguiría, ¿con ataques epilépticos colectivos?, ¿acaso las lágrimas que arranca el pecado del alma de los inocentes? ¿con familias felices exorcizadas por dudosas religiosas? Todo eso me repugna, la corrupción del ser humano es infinita en sus variantes y me niego a creer lo que ven mis ojos en esa pantalla llena de electrodos desintegrados.

Sí, la voz poderosa de Rosvita, la literatura sacra y las salchichas és lo único que debería devolver la calma a nuestras agitadas almas.

Desde el claustro interior, Ignatius.

Les dejo el trailer para que se estremezcan:



miércoles, 14 de mayo de 2008

La infame Miss Minkoff

Estimados lectores:

Les he mencionado en un par de ocasiones a la infame señorita Myrna Minkoff, mi antigua compañera de universidad y actual gran rival, y les comenté que no sabía nada de ella. Pues bien, me ha enviado un aterrador correo electrónico, así como una foto terrible, desde España, donde se halla en estos momentos paseando sus leotardos negros y su indecencia.
A continuación, les muestro unos extractos de lo que me ha escrito para que vean de qué calaña es esta descarada joven.

“Señores:”

Myrna tiene la costumbre de escribir más a editores que a gente respetable, y por eso en sus cartas suele poner este ofensivo encabezamiento.

“He tardado en contestarte porque no estoy en casa. Actualmente estoy inmersa en un viaje de aprendizaje cultural y espiritual por el Viejo Continente, concretamente por España, un país del sur de Europa. Ahora mismo te escribo desde un locutorio en la ciudad de Granada.”

Conozco de sobra el emplazamiento geográfico de España, M. Minkoff. Pobres españoles. Siento una vaga simpatía por su país, ya que todavía tiene monarquía y eso lo hace aceptable desde mi punto de vista. Pero de eso hablaré en otro post que dedicaré a mis impresiones sobre el insolente y cínico mundo de la política. Ahora volvamos a su e-mail:

“Sobre tu blog, considero muy positivo que intentes salir de tus costumbres y tus cuadernos y te abras un poco al mundo, aunque recuerda que eso no sustituye la vida real, las experiencias reales. Tienes que salir de casa.”

Puaf.

“He leído tus entradas, Ignatius, y me he quedado francamente preocupada con la de la reseña de la película Lars y una chica de verdad, y tus insinuaciones sobre la muñeca… sabes lo que pienso al respecto, necesitas una experiencia sexual real y satisfactoria, como muchas veces te he dicho. Eso purificaría tu mente y tu cuerpo.”

¡Qué inexplicablemente ofensiva y descarada!

“Bueno Ignatius, se me acaba el tiempo aquí. Además, me siento un poco incómoda porque hay un joven cerca mirando pornografía común –nada de performances reivindicativas-, y tengo que ir a quejarme, sabes que no soporto estas manifestaciones rancias del machismo más casposo.”

Parece que por fin va a hacer algo decente.
Uf. Mi válvula se ha encogido por la impresión del correo de Myrna y por el esfuerzo que ha supuesto la escritura de este post. Así que les dejo por hoy. Pero para que me perdonen que sea un poco abrupto, les obsequio con una frase estupenda para que reflexionen un poco, que falta les hace, pues imagino que sólo leen este blog y nunca cogen un libro:

La ignorancia es la noche de la mente: pero una noche sin luna y sin estrellas. (Confucio. Filósofo chino)

Fdo. Ignatius J. Reilly. Blogger cansado

miércoles, 23 de abril de 2008

Indignación digital

Amable aunque tímido lector:

Mi intención era seguir contando cómo entré en este mundo de la Red, pero me temo que el estado de mi válvula no me va a permitir escribir demasiado, así que lo haré otro día.
En esta breve actualización -como dicen los versados en los blogs- me gustaría mostrar mi total desacuerdo con el modo de funcionamiento de una detestable web llamada Wikipedia.

Amablemente, y sin exigir contraprestación económica, me brindé a corregir y a ampliar un artículo dedicado al ilustre Boecio, exigiendo sólo a cambio que se reconozca mi labor a través de una indicación acerca de la autoría del artículo. Tras trabajar varios días en un minucioso análisis sobre la figura del filósofo y publicarlo, mi sorpresa fue mayúscula al descubrir que va en contra de los preceptos del engendro indicar quién ha escrito el texto, y alguien borró mi nombre del artículo.

Por si fuera poco, retocaron el texto alegando que no era imparcial, y dejaron en la web un artículo pésimamente escrito, que yo me he afanado en eliminar para ser coherente con el buen gusto y la decencia.

Recordar estos terribles hechos me hace sentir mal. Además, tengo los dedos agarrotados de tanto teclear y he de sumergirlos en agua caliente.

Nada más por hoy.

Ignatius J. Reilly, indignado con la Red